Lejos de este río quedo, por el norte, la afluencia afuerina,
aquella que no pudo pasar del Maule al sur, y el largo concierto pluvial del
austro, tampoco llegó por esas riveras y estos suelos.
El vigoroso y claro
corazón de Chile esta en el, limpio, firme, permanente cantor de canciones
andinas y de romances de soledad. El campo le ofrece su poncho de efectos y
afectos autóctonos, y el aire, contra su corriente, una guitarra primitiva y
sonora, con música que alimentan los profundos olores de los bosques y
sembrados, las viñas y los huertos gozosos.
A su mano de
poderoso capitán, bajan cien raudales o cien ríos subordinados y ligeros.
Todos traen una condición distinta bajo un, mismo tono de Chilenidad. Y aunque
mas arriba se haya rendido el renegado con su soberbia belleza, tomada en la
roca viva de la montaña, y aquí abajo el estero de Coyanco entregue su rostro de
oro, y los rosales silvestres del Quillón sigan enviando sus mensaje azules, y
el Ñuble recuerde todavía el entusiasmo guerrero de Cucha-Cucha y sus pinos
marciales, e el Diguillin se ponga su traje Dominguero todos los días, y
modestamente entregue el Cato sus diezmos de alegría infantil, el gran río tiene
una sola palabra y una sola condición activa: el alma de Chile vibra en el,
asoma a el, y sale de el, rotunda de luz y de fuerza, de emoción y de fe, de
tradición y de inquietud, de leyenda y de historia.
Si los dioses
Andinos bautizaron cada manantial en uno de los amaneceres del mundo, si Pillan
alimento las fraguas volcánicas, y en compensación dejo correr el agua para que
las piedras conocieran el amor, el Rió Grande de aquí abajo, se acerca mas a los
hombres, a las cosas de los hombres, y a la esperanza de los hombres.
En la orillas del Itata formo Lautaro sus legiones, menospreciando el augurio de la machi que
hacia el norte miraba el otro río y un tapiz de sangre. Se estremecían sus
aguas cuando la caballería de los temibles Pincheira hacían sonar sus cascos en
las piedras del fondo, y más tarde, la picardía violenta de Ciriaco Contreras,
continuaba la tradición de los bandidos criollos, en un tono, eso si, de
humanidad en muchas ocasiones cuando había saciado su sed en el Río Grande, y
don Bernardo dijo junto al Itata algunas de sus mas bellas palabras de lealtad y
de fe. Miro el Itata pasar las huestes heroicas del Roble, el Quilo,
Membrillar, y conoció la inquietud profunda de la patria vieja, el sollozo de
Chile y la euforia, más tarde, del aura que traía el mensaje supremo de la
libertad.
Ahora vigoroso
capitán del trabajo, para no olvidar sus ímpetus juveniles, en el invierno pone
bandera de combate en sus legiones, y avanza por sus caminos terribles, con sus
cornetas y sus estoques, para buscar sin fatiga contra los toros bravíos del
viento y del mar.
Los
hombres respetan sus pasiones. Y el río devuelve, mas tarde, la canción
perdida y el sello de una serenidad vivificante y gloriosa.
En el corazón de
Chile es la vena que enciende una gracia definida y autentica y un ritmo
triunfador y vital.