Todo lo que
hoy ocupa la Laguna Turbia, en el valle de Queime, en otros tiempos, en
tiempos de los indios, era una cancha para jugar a la chueca.
Medio a
medio del terreno estaba el hoyo donde metían la bola de madera para iniciar
el juego. Y allí mismo un indio mato a un competidor en el juego que iba
empezar una tarde. Lo mato “a la Mala”, de un chuecazo en la cabeza que
le abrió el cráneo e hizo saltar la sangre a cierta distancia.
El agredido
no alcanzo ni a quejarse.
El agresor
realizo su acto por un rencor personal. Ni siquiera espero que en el afán
de la competencia se disimulara en parte su violencia.
Los dos
grandes grupos de indios que habían asistido esa tarde al juego, allí mismo
iniciaron un machitun, mientras junto al cadáver lloraban sus parientes, y
otros indios corrían alrededor de a caballo, para ahuyentar los malos
espíritus que quisieran apoderarse del anima suelta ya del cuerpo asesinado.
El machitun
fue largo y movido.
Y tanto
ruido se hizo llevado y traído por la boca sonora de la cueva del Queime
sobre el valle, que se puso a llover largamente.
Lloraba el
cielo por el muerto. Y el agua cayó, cayó sin parar durante varios
días. Tantos, que allí se formo aquella laguna turbia, que es más un
charco grande que laguna, ya que tiene fondo pantanoso y muy poca
profundidad.
A veces
sobre la laguna se siente música. Una música extraña y persistente, cuyo
origen no se conoce. Otras veces sale un potrillo negro que solo se ha
visto de lejos, por que se echa al agua cuando alguien quiere
acercársele. Todo esto pasa por que allí se mato a un hombre “a la mala”
(Versión de
José Soto Soto, Quillón).