El matrimonio propietario de aquellas tierras – en la época de la
colonia – vivía junto a la laguna del Queime.
Allí se había
formado el triangulo amoroso de todos los tiempos. Ella era joven, muy joven
en relación con el marido. Había por lo menos 20 años de diferencia. La
juventud de la mujer y su temperamento pasional, hallo refugio amatorio en los
brazos del mocetón que hacia las veces de mayordomo del fundo.
El marido todos los
días, en la tarde, dormía una siesta larga y placida.
Y entre la adultera
y su amante se llego al acuerdo de dar una solución definida y definitiva a su
caso.
Una tarde el hombre
fue despertado bruscamente de su siesta. Un cordel le apretaba el cuello.
Fue izado así, desde la viga desnuda del entretecho. El mozo ahorcaba a su
patrón, mientras la mujer se tapaba el rostro, amedrentada por la mirada que le
daba el hombre, mientras se le asesinaba de esa forma.
Aquella mirada lo
había dicho todo.
Pesaba en la
conciencia de la mujer. Y la angustia le hacia doler el cuerpo y el animo
cuando llego a darse cuenta que venia un hijo, anunciándose. Un hijo de se
amante.
Cuando algunos
vecinos llegaron a la casa, llamados por el mozo como enviado de su señora, se
encontraron con el horroroso cuadro del hombre ahorcado, muerto en un gesto
desesperado, trágico, burlón a un tiempo, con la lengua afuera y los ojos
desorbitados. Aquellos ojos que no podían cerrarse.
Fue enterrado el
hombre. Un sacerdote dijo una misa, echo agua bendita sobre su ataúd, dijo
unos latines que nadie entendió, y en español muy claro y alto, pidió a dios el
castigo de aquel crimen, mientras la mujer rodaba desmayada.
Vino la sospecha.
La murmuración de
la zona sobre la viuda.
Y fue
subiendo la murmuración
Detalles
del diario vivir fueron recordados por los vecinos curiosos. Comparados y
analizados muchos incidentes que no pasaban inadvertidos para la gente lugareña,
se llego a la conclusión que allí no podían haber otros asesinos que los de la
casa.
La
justicia entro a investigar.
Y no hubo
necesidad de llegar a extremos para que la verdad fluyera a la luz. La mujer
estaba en un lamentable estado de postración espiritual y corporal. No podía
olvidar los ojos del muerto, los terribles ojos acusadores. Confeso,
llorando su culpa, acuso a su amante y pidió perdón a todos los jueces humanos y
divinos que la escuchaban.
El hombre
se mantuvo en una terca posición. No quiso hablar, ni ante la amenaza del
tormento. Y no pudo, por lo mismo, descargar una sola de las acusaciones.
Los
culpables fueron condenados a ser arrastrados, primero, amarrados cada uno a un
cuero, por dos mulas en las calles de Concepción, ciudad de pocos años de
existencia, relativamente, en la cual se comentaba vivamente el suceso de
Queime.
El estar
embarazada fue un agravante para la pobre mujer. Aquella vida que se gestaba
no debía vivir por ser fruto del adulterio.
Luego los
amantes fueron llevados al propio lugar del crimen.
Los
pésimos caminos y la distancia fueron salvados en varios días de viaje.
Lluvias y temporales parece que se habían puesto de acuerdo para hostilizar a
los viajeros.
Al llegar,
la justicia procedió de inmediato.
Los dos
culpables que habían hecho el viaje a pie, como un castigo previo, ya no tenían
ánimo para sostenerse. Flacos, enfermos, delirantes, hambrientos, eran la
imagen del sufrimiento y la miseria. La mujer no tenia, siquiera fuerzas para
llorar. Se dejaron atar uno contra otro. Luego fueron envueltos en un
cuero grande, de vacuno, que se cosió firmemente. Un gallo y una culebra les
acompañaban. Fue cerrado el envoltorio, y con cierto esfuerzo de negros
esclavos, echado a la laguna, cuyas aguas se enturbiaron para siempre.
El nombre
de la laguna es por eso, turbia.
(Versión de Patricio Navarrete, Quillón)