En la mitad de la falda sur del cerro Cayumanque vive José del Carmen Núñez. Hace 25 años es el inquilino de
la propiedad de don Patricio Navarrete.
Cerca de su casa
hay una piedra solitaria y grandota, en medio de la chacra que le da sus
alimentos a José del Carmen.
Allí una noche en
que la oscuridad jugo un papel de encubridora, y el ruido del viento fue
cómplice, manos desconocidas y esforzadas sacaron un entierro habido bajo la
piedra.
El hoyo dejado era
grande.
El tesoro
tuvo que ser de monedas de plata.
La tradición indica
que aquellos que descubren o se llevan un entierro, deben dejar en el mismo
sitio, y a la vista, una muestra del tesoro encontrado.
Carmelo encontró
una moneda de plata. Era como los pesos de muy antes, o como un tejo, lo
guardó por muchos años como curiosidad. Y termino por perderla. No sabe
como. Pero la verdad era que mucha gente sabía donde guardaba la moneda.
Mas allá, en la
cima de otra altura, junto a la cual pasa el camino, fue sacado otro entierro.
Lo curioso es que
entre ambos sitios, marcando las direcciones indistintamente, hay crisoles
incaicos, inmutables pero significativos.